Piedras deslizantes de Racetrack Playa
(Redirigido desde «Sailing stones»)

"Piedra
viajera" en Racetrack Playa.
Las piedras
navegantes, también conocidas como piedras deslizantes y piedras
móviles (en inglés: sailing stones, sliding stones o moving
rocks), son un fenómeno geológico por
el cual las rocas se mueven, sin intervención humana o animal, y dejan largas
trazas, a modo de surco, en una superficie llana. Se han observado y estudiado
este tipo de huellas en varios sitios, desde el suroeste norteamericano, donde
son más numerosas, hasta el Sáhara tunecino.1 2 Las
trazas que más se han estudiado, debido a su elevado número y longitud, son las
de Racetrack Playa,
en el Valle de la Muerte de California, Estados
Unidos.
Las piedras se
mueven solo cada dos o tres años y la mayoría de sus huellas se conservan
durante tres o cuatro años. Las piedras con base angulosa dejan trazas
estriadas y rectas, mientras las que tienen base lisa dejan marcas divagantes.
A veces, las piedras se vuelcan, y ponen en el suelo otra de sus caras que deja
un rastro diferente.
Las trazas
comúnmente tienen orientaciones y longitudes que difieren de unas a otras. Las
piedras que empiezan su trayecto junto a otras, pueden viajar en paralelo hasta
que algunas de ellas se desvía según cualquier dirección o, incluso,
retrocediendo. Piedras del mismo tamaño pueden dejar trazas de distinta
longitud.
Índice
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Algunas
sendas de las piedras no son lineales.
Muchas de las
llamadas piedras deslizantes provienen de un promontorio de 260 metros de
altura situado en el extremo sur de la playa Racetrack
formada por dolomías negras en el Parque nacional
del Valle de la Muerte. Otras son
rocas ígneas intrusivas que derivan de relieves próximos constituidos,
fundamentalmente, por sienitas ricas
en feldespato.
Las trazas miden de 3 a 30 metros de longitud y de 8 a 30 centímetros de
anchura. Su profundidad media es 2,5 centímetros. El tamaño medio de las rocas
oscila entre 15 y 45 cm.
Se cree que las
condiciones necesarias para que las rocas se muevan son:
·
Una superficie
saturada en agua.
·
Fuertes ráfagas
de viento como fuerza inicial.
·
Vientos fuertes
sostenidos para mantener a las piedras en movimiento.
Y en algunas
hipótesis
·
Placas de hielo.
·
Tapices
microbianos
Dos
piedras en Racetrack Playa.
Los geólogos Jim
McAllister y Allen Agnew cartografiaron el área en 1948 y
publicaron el primer artículo sobre las rocas deslizantes. Más tarde, los
naturalistas del National Park Service escribieron más
descripciones y detalles y la revista Life incluyó una galería de fotos de
Racetrack. En ese momento comenzaron las especulaciones sobre los procesos que
movían las piedras. Se propusieron diversas posibles explicaciones que variaban
entre las que invocaban lo sobrenatural y las muy complejas. Muchas hipótesis
postuladas por geólogos sugerían que fuertes vientos actuando sobre el barro
húmedo podrían ser, al menos en parte, responsables del fenómeno. Algunas
piedras pesaban igual que un humano; investigaciones, como la del geólogo
George M. Stanley, publicada en 1955, sostenían que tales rocas eran muy
pesadas para que fuesen movidas por el viento. Apoyaba la idea de que una capa
de hielo alrededor de las piedras ayudaba a aumentar la superficie expuesta al
viento o favorecía el comienzo del movimiento.
Robert P. Sharp
y Dwight L. Carey iniciaron su trabajo de campo con las piedras de Racetrack en
mayo de 1968 y lo terminaron en mayo de 1975. Visitaron el lugar en dieciséis
ocasiones durante esos siete años y monitorizaron treinta piedras etiquetadas
determinando su posición mediante estacas de acero clavadas en la superficie
arcillosa. Sus cambios de posición fueron anotados durante un período de 7
años. Si las rocas se movían, se clavaban nuevas estacas a su lado.3
Sharp y Carey
también sometieron a prueba la hipótesis de la capa de hielo, acorralando un
grupo seleccionado de piedras. Se construyó un corral de 1,7 metros de
diámetro, con barras separadas entre sí de 64 a 76 cm, alrededor de una piedra
de 0.5 kg que dejaba trazas de 7.5 cm de ancho. De modo que, si una capa de
hielo se hubiera formado alrededor de las piedras para favorecer su movimiento,
las barras habrían frenado o desviado el movimiento. Nada de eso ocurrió. En el
siguiente invierno la piedra se salió fuera del corral y recorrió 8 metros
hacia el noroeste, a la vez que dos piedras más pesadas entraron en el corral.
Una de ellas se movió 5 años más tarde en la misma dirección que la primera,
pero su compañera no se movió durante el período de estudio. Esto indica que si
el hielo jugó un papel en el movimiento de las piedras, entonces el collar de
hielo que las envolvía debía de ser pequeño.
Un
panorama de la Vía Láctea con las sendas de las piedras deslizantes abajo.
Puede observarse una piedra en la derecha de la imagen.
De las 25
piedras iniciales, 10 se movieron en el primer invierno; Mary Ann (piedra A)
cubrió la distancia más larga: 64,5 m. En dos de los siguientes seis inviernos
monitorizados, también se detectaron múltiples movimientos de piedras. No se
confirmó que ninguna piedra se hubiese movido durante el verano. Durante
algunos inviernos se movieron pocas o ninguna piedra. Finalmente, todas excepto
dos de las 30 piedras monitorizadas se movieron durante los 7 años estudiados.
Con 6.5 centímetros de diámetro, Nancy (piedra H) fue la piedra más pequeña
monitorizada. También se movió y dejó la traza acumulada más larga, 262 metros,
y realizó en un único movimiento el trayecto más grande, 201 metros. La piedra
más grande que se movió pesaba 36 kg.
Karen (piedra J)
es un bloque de dolomita de 74 × 48 × 51 cm y tiene un peso estimado de 320 kg.
y no se movió durante el periodo de estudio. La piedra pudo haber creado su
antigua y recta senda de 170 m por el impulso que produjo su caída sobre la
playa húmeda. Sin embargo, Karen desapareció antes de mayo de 1994,
posiblemente durante el inusual húmedo invierno de 1992 a 1993. La eliminación
por motivos artificiales se consideró improbable debido a que no se apreció el
tipo de daño que un camión y un cabestrante podrían haber causado en la playa.
Finalmente, Karen fue redescubierta por la geóloga Paula Messina en 1996, mucho
más al norte de donde Sharp la había visto por última vez.4
El profesor John
Reid dirigió la investigación de seis estudiantes del Hampshire College y de la
Universidad de Massachusetts en un estudio continuado en 1995. Encontraron
trazas bastante congruentes dejadas por piedras que se movieron a finales de la
década de 1980 y durante el invierno de 1992-1993. Se demostró más allá de una
duda razonable, que, al menos, algunas piedras se movieron en témpanos de hielo
que podrían haber llegado a medir 800 metros de ancho. Las evidencias físicas
incluían la presencia de hileras de piedras que solo podían haber sido creadas
al moverse en finas capas de hielo. Así que se cree que el viento, por sí solo,
y el viento junto con témpanos de hielo son las fuerzas motrices.
Los físicos
Bacon et al., estudiaron el fenómeno en 1996 en el lago-playa Owens Dry y
encontraron que las ráfagas de viento pueden comprimirse e intensificarse por
ser la superficie de la playa tan lisa y llana. También encontraron que
las capas límites (la
región justo por encima del suelo donde los vientos son más lentos debido a la
fricción) en ese tipo de superficies pueden rebajarse unos 5 cm. Esto significa
que las piedras de unos cuantos centímetros de alto pueden sentir toda la
fuerza del viento sostenido y de las ráfagas de viento, que puede alcanzar 145
km/h durante las tormentas invernales. Se piensa que estas ráfagas aportan la
fuerza inicial, mientras que los vientos sostenidos mantienen el movimiento de
las piedras, posiblemente a una velocidad moderada (para mantener el movimiento se
necesita sólo la mitad de la fuerza necesaria para iniciar el viaje de la piedra).
El viento y el
hielo son la hipótesis preferidas para estas misteriosas piedras deslizantes.
En una nota publicada en «Surface Processes and Landforms», Don J. Easterbrook
menciona que la ausencia de trazas paralelas entre algunas piedras, podía ser
debida a la rotura de una placa de hielo, lo que produce rutas alternativas.
Aunque el hielo se rompa en bloques más pequeños, sigue siendo necesario para
que las rocas se deslicen.
El fenómeno de
las rocas que se mueven, aparentemente solas, parecía producirse únicamente en
el suroeste de Estados Unidos. Pero, en 2013, se describieron numerosas trazas
similares a las de Racetrack en una laguna efímera denominada Altillo Chica en
La Mancha (Lillo, España).5
Las trazas, que
llegan a superar los 100 metros de longitud,6 presentan
estrías longitudinales, describen una trayectoria serpenteante desde el
interior de la laguna hacia la orilla y finalizan en rocas que pueden superar
los cinco kilogramos de peso.6 Junto
a los rastros de las rocas, se observan otros que terminan en montones de fango
y pueden incluir ramas de arbustos o rocas en su seno. Incluso, algunas de
estas rocas errantes descansan sobre estos montículos.
La buena
conservación de las trazas y de las estructuras sedimentarias asociadas (ripples y
fragmentos de tapices microbianos arrugados) en la laguna de Altillo Chica,
permitió a Sanz Montero y Rodríguez Aranda desarrollar un modelo alternativo
sin la intervención del hielo, ya que las temperaturas que se registran en el
área durante el invierno no son lo suficientemente bajas ni duraderas como para
helar el agua salobre de las lagunas. Proponen que el movimiento de las rocas
se produce durante episodios tormentosos, cuando el fuerte viento origina
corrientes de agua que rompen y arrastran trozos de los tapices microbianos
desarrollados sobre el sedimento de la laguna. La rotura del tapiz causa la
exposición súbita del sedimento. Éste es muy poco denso y contiene abundantes
burbujas de gas, lo que le dota de una gran flotabilidad que favorece que,
propulsado por la corriente, se deslice por la superficie. Las masas de
sedimento deslizadas arrastran consigo las piedras y otros objetos tales como
ramas y herbáceas que arraigaban en el sedimento.7
Un nuevo estudio
confirmó que las trazas se forman en el humedal manchego por la acción de las
fuertes corrientes que se generan en el agua cuando el viento sopla con
intensidad. A pesar de que el espesor de la lámina de agua es muy reducido (2-3
cm) y el fondo de las lagunas es muy plano, se han medido velocidades en la
corriente de agua de 2 m/s para vientos moviéndose a 14 m/s. Estas corrientes
de agua producen numerosas estructuras de erosión y socavan surcos alrededor de
las piedras depositadas en el fondo, especialmente en las que sobresalen del
agua.6
Una
piedra utilizada en la investigación de Norris en la que se puede ver la unidad
de GPS dentro de una cavidad perforada en su parte superior.
En agosto de
2014, Richard Norris, James Norris, Ralph Lorenz, Jib Ray y Brian Jackson
publicaron un estudio en PLOS
ONE en el que afirmaron haber observado
directamente de forma científica y por primera vez el movimiento de las rocas.8 Para
ello utilizaron rocas provistas con GPS,
una estación
meteorológica y la técnica fotográfica de cámara rápida
o time-lapse.
El 20 de diciembre de 2013 registraron el deslizamiento de más de 60 piedras.
Entre diciembre de 2013 y enero de 2014, algunas de ellas llegaron a
desplazarse 224 metros en varios episodios. A diferencia de las hipótesis
previas que sugerían fuertes vientos soplando sobre gruesas capas de hielo,
observaron que el movimiento se producía cuando una fina capa de hielo de entre
3 y 6 mm comenzaba a fundirse hacia mediodía y se resquebrajaba con vientos
flojos de 4-5 m/s. Los paneles de hielo resultantes, de decenas de metros de
extensión, flotaban y empujaban varias rocas a la vez a pequeñas velocidades de
entre 2 y 5 m/min. Sus trayectorias dependían de la dirección y velocidad tanto
del viento como de la corriente de agua que fluía bajo el hielo.8 9
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