Rogelio Echavarría: un poeta transeúnte
Carlos Fajardo Fajardo
En una entrevista concedida a Rosa Jaramillo en 1978, Rogelio Echavarría (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1926- Bogotá, 2017) declaraba:
Empecé a escribir poesía en la niñez cuando sentí por primera vez el
peso de la soledad, de la orfandad (…) y cuando tuve los medios elementales
para hacerlo, proporcionados por la lectura de los versos que aparecían en los
textos escolares. Ahora escribo muy de vez en cuando, pues no soy ‘poeta
profesional’. No concibo cómo se puede ser ‘poeta de tiempo completo’. La
poesía es algo mucho más importante. Mis poemas son resultado de instantes,
unas veces enlazados con arduo trabajo, otras dejados espontáneamente a su
propia inmadurez (1978, p.102).
En la edición de 1977, El transeúnte[1] de Echavarría, reúne 31 poemas, los cuales tocan el misterio de lo cotidiano con una palabra precisa, esencial, lo que supera la grandilocuencia y la retórica tradicionales colombianas. Libro de síntesis poética, que fluye entre la imagen y lo coloquial. Al decir de Romero (1985), Echavarría “emprende en su obra una lucha rigurosa para lograr darle a lo cotidiano la carga de misterio que le pertenece, para establecer los vasos comunicantes entre el presente de nuestro ser de la calle y el infinito y oscuro presente de nuestra existencia” (p. 158).
Su conciencia de escisión como sujeto, con una actitud atenta y crítica, lo une a las mayores pulsiones de la poesía moderna. La ciudad lo impregna de realidad social, de soledad y anonimato, de aislamiento y derrota; pero también lo vuelve solidario con esos seres perdidos en el fragor de las calles, en los buses y recónditos bares. Poesía sensual, de un cierto erotismo trágico frente a las presencias citadinas. Con profunda conciencia de un fracaso bajo el “tiempo de los asesinos” como diría Rimbaud, esta poesía descifra un exterior caótico, bello y terrible a la vez. Ambigüedades que expresa el poeta en su divagar iluminado por la ciudad. Por todo ello, Fernando Charry Lara (1985) afirmó que “las imágenes de Echavarría son unas veces casi visuales y otras están sumergidas en su propia abstracción, reverberaciones de un lenguaje que se debe tanto a la luz como a la explorada penumbra interior. El mundo suyo parece contemplado desde una subjetividad que se busca a sí misma” (p. 144).
En la poesía de Echavarría, de un
“lenguaje inmediato, natural, a veces callejero, al que una imagen directa
añade frescura y espontaneidad” (Charry Lara, p. 145), encontramos los tonos,
las temáticas y las atmósferas que explorarán los poetas nadaístas y
posnadaístas, es decir, como lo sintetiza Jaime Ferrán (1977), “una valoración
de lo cotidiano, el canto a las cosas de todos los días santificadas por la
oración del poeta, que advierte que ellas también deben entrar en el ámbito de
lo poetizable, que gracias a él entran en el ámbito de lo poetizado” (p. 16).[2]
“La poesía, dice Echavarría, es un pasajero. Lo efímero es la máxima condición del hombre, aunque esa condición la tienen también las plantas y los animales. Un día es efímero, especialmente en la eternidad. El corazón estalla de sólo pensar en el infinito” (Quintero, 2008, p.97). Su poesía Introduce, desde los años cincuenta, junto a la de Vidales y Aurelio Arturo, nuevas tonalidades que se constituirán en un canon imprescindible para los poetas posteriores, los que levantarán sus poéticas desde, por y en las ciudades colombianas masificadas de finales del siglo XX.
Sobre las lecturas de los poetas del
grupo Mito, David Jiménez comenta: “más que la vanguardia, lo que preocupó a
este grupo de poetas fue la modernización de la poesía colombiana. Rainer María
Rilke, T.S. Eliot, Paul Valéry, Saint-John Perse, Neruda, Machado, Aleixandre,
Cernuda fueron autores cuyas obras, muy leídas y comentadas en revistas y
suplementos del país, permitieron plantear la cuestión de la poesía moderna y
sus diversos significados” (Jiménez, 2002, p 178). Es en estos poetas donde
encuentran las atmósferas y los tonos para la poesía que los integrantes del
grupo Mito realizan. Así, por ejemplo, en Eliot encontraron la posibilidad de
introducir el habla cotidiana, citadina al poema, la poesía conversacional.
“Los prosaísmos como una forma de expresar con mayor libertad la sensibilidad urbana
moderna, modos de experiencia y de sentimiento aún inéditos en la lírica
colombiana” (Jiménez, p 182). Tal es el ambiente poético bajo el cual se
escribe el libro El transeúnte, lo
que lo sitúa en la sensibilidad de la más alta poesía moderna del siglo XX.
Poeta secular y peatón
“Todas las calles que conozco son un
largo monólogo mío”. He aquí a un flâneur, a un paseante, al poeta
peatón en medio de una ciudad que se ha masificado, y donde el poeta siente la
comunión con los que, ausentes, pasan “batidos por oscura batahola”. La calle
entonces se establece como un lugar de encuentro y desencuentro, de una soledad
comunitaria, donde todos viajan en busca de algo, de un utópico signo, de un
espacio diferente. Estas calles cargan la ciudad del dolor que masifica nuestro
rostro y nos convierte en extraños. El
yo poético se une a un dialogismo permanente con el mundo y esta relación
intersubjetiva crea aquel primer, sugerente y hermoso poema del libro El transeúnte:[1]
El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
o
si el sol florece en los balcones
y
siembra su calor en el polvo movediza,
las
gentes que hallo son simples piedras
que
no sé por qué viven rodando.
Bajo
sus ojos que me miran hostiles
como
si yo fuera enemigo de todos
no
puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por
lo que buscan todos juntos.
son
un largo gemido
todas las calles que conozco.
Rogelio Echavarría en su libro El transeúnte sintetiza lo pasajero, lo fugaz en medio del caos citadino, con una escritura discursiva y directa, coloquial. Al decir del poeta: “las calles, más que la casa, son el hogar de uno. Y son la libertad, lo más parecido a la libertad. Las calles se acaban, pero la libertad puede seguir. Siempre tiene que haber libertad, de tal modo que, terminada la noche, al otro día salga y empate con ella misma” (Quintero, 2008, p. 98).
La concepción poética de Echavarría está en saberse uno con todos, es decir, un hombre de a pie, lo que rivaliza con aquella concepción del poeta como hombre diferente. Esto lo une con la concepción moderna de la pérdida de la aureola del poeta en la ciudad, tal como sucede en el poema en prosa Extravío de la aureola de Charles Baudelaire.
Se sabe que hacia mediados del siglo XIX, en el París del alcalde
Haussmann, Charles Baudelaire escribía sus Pequeños
poemas en prosa. Allí, por cierta "correspondencia" entre el
poeta y la nueva ciudad burguesa moderna, Baudelaire sentía cómo se secularizaba
la noción de trascendencia del artista, y se le ponía a navegar o a naufragar,
sobre imágenes nuevas y asombrosas nunca antes experimentadas: cafés, vitrinas,
luminotécnica citadina, vestidos, modas, bulevares.
Y es en esta ciudad donde Baudelaire se torna en un observador de la vida moderna, configurándose en Flâneur, un vagabundo que escudriña las “fisiologías” de la ciudad burguesa, y como un cartógrafo va por las tipologías tanto físicas como espirituales de las imágenes urbanas:
El Flâneur que podría traducirse como el hombre que vagabundea, que callejea, el paseante sin finalidad precisa. Es la figura donde se reconoce el pintor de la vida moderna y el escritor cuyo entorno de trabajo es precisamente la calle, el panorama urbano que se despliega a su alrededor (Xibille M., 1995, p. 162).
Este mundo citadino es el que observa Baudelaire y
el que lo hace un artista secular moderno. Allí pasea y viaja como un
visionario de la vida urbana. Su “domicilio” son los parajes, los bulevares,
los kioscos de periódicos, las terrazas de los cafés, los almacenes, las calles
llenas de hombres anónimos; el ocio es su forma de asumir la existencia
múltiple, diversa e inagotable:
Este es su heroísmo en tanto que construye cartografías urbanas en el anonimato y las multitudes. El poeta vive el drama y la teatralización secular que se ha operado por la incomunicación y la anomia. Baudelaire anuncia en su spleen la ciudad que se toma los espacios públicos construidos para el diálogo y los encuentros. La destrucción de las fisiologías tradicionales de la ciudad va acompañada de la pérdida de territorio y de identidad, conceptos que están unidos a las nociones de participación y pertenencia. Por lo tanto, el flâneur no sólo ve el teatro citadino burgués del siglo XIX, sino que también visiona sus transformaciones en una masificación sin antecedentes que desterritorializa a una gran parte de la población pobre, gracias a la creación de los nuevos espacios para el uso y el consumo modernos. Cotidianidad y heroísmo moderno conflictivo con la misma ciudad, la cual el poeta ama y rechaza a la vez. De allí la búsqueda de una belleza trágica. El movimiento y la fluidez de la máquina urbana es lo que embriaga al flâneur quien decide, según Baudelaire, “levantar su hogar en el corazón de la multitud, en medio del flujo y reflujo del movimiento, a mitad de camino entre lo fugitivo y lo infinito” (Berman, p. 1988). Con estas alternativas, el poeta entra a formar parte de esa realidad de sobresaltos, rescatando las imágenes misteriosas que surgen de aquellos bulevares y tiendas que el alcalde Haussmann había construido.
Por tanto, el poeta dejaba de poseer la voz de la tribu; pasaba de aedo, rapsoda, juglar y chamán a ser un simple peatón secular, un ciudadano. Toda su lucha por trascender como sujeto metafísico se vio interrumpida por el auge de la masificación urbana, la máquina y el desarrollo de la reproducción técnica de la obra de arte.
El poeta se mundaniza, se seculariza en medio
de esta ciudad burguesa en vía de masificación. Paradoja de la poesía moderna:
el poeta se vuelve crítico mordaz contra la deshumanización de la ciudad, a la
vez que la ama y la desea.
[1] La primera parte
de El transeúnte fue escrita entre
1949 y 1952 y publicada como primera edición por el Ministerio de Educación
Nacional de Colombia en 1964.
[2] Este cotidianismo en Echavarría está
muy unido a su labor de periodista. En la entrevista a Rosa Jaramillo el poeta
comenta: “Entré al periodismo por vocación literaria, en una época en que
realmente el periodismo era escrito por escritores. Pero bien pronto descubrí
que el periodismo nada tiene que ver, y aun es opuesto, a la labor literaria.
La lucha es mortal, y en ella la poesía tiene la peor parte. ‘Tuércele el
cuello al cisne, o si no, no podrás escribir chivas’ me dijo un día el director
de El espectador. Así lo hice, y
sobreviví gracias a la prosa. ¡Pero cuánto le debo ese quehacer antipoético!
Así aprendí cuál es la diferencia. Porque el periodismo es rico en muchas otras
enseñanzas: por un lado la experiencia vital y social, el pulso de los
acontecimientos, de la vida de nuestros contemporáneos, el espectáculo humano
–generalmente decepcionantes- , el proceso cultural y político…Por otra, la
profundización en la eficacia del lenguaje, el aquilatamiento de un cierto
estilo, la concentración y ahorro de palabras. Tal vez mi especialización en
hacer títulos, en reducir largos artículos en pocas palabras, me haya ayudado
-o perjudicado- y me haya convertido en un telegrafista, seco y poco inspirado.
Pero prefiero eso al bla bla bla seudo-literarios” (Jaramillo p.103).
(3) En la entrevista de Robinson Quintero Ossa a Rogelio Echavarría éste aclara que el poema El Transeúnte lo escribió a los 20 años más o menos, y que “lo pensé en la calle, en la carrera séptima en Bogotá (…) sentí, desde el primer verso, que había un ritmo. Pero después me dije ‘esto es un poema’ cuando me repetía ‘Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío’. En todo caso, ya estaba la primera piedra. Pero yo no escribí el poema; el poema me escribió a mí” (Quintero, 2008: p 96).
Carlos Fajardo Fajardo (Cali, Colombia) Poeta, profesor e investigador.
Texto Completo: http://rosablindada.net/files/CFajardo_El_transeunte_REchavarria.pdf
ROGELIO ECHAVARRÍA – POEMAS
El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos no
puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.
Polvo
El sol, esta mañana, escancia la humedad de la noche,
las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho,
tibieza de los sexos y azúcar del amor.
Las calles amanecen entre rotas ventanas.
Pasan los que recogen la basura
y llevan al olvido cuanto los hombres tocan.
Si las noches fueran más largas
las mujeres se ahorcarían en sus cabellos, llamas oscuras
que multiplican la pesadilla o el espasmo.
Pues esta niña que se asoma al día por el espejo
parece recién salida del paraíso.
Si las noches fueran más largas
el polvo afirmaría su dominio sobre todas las cosas.
Yo siempre duermo con mi única fiel compañera,
que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.
El hombre se defiende de la muerte
en la noche, y todas las mañanas
debe luchar contra el puñado de ávida ceniza
que le adelanta a su sepulcro la vida.
Tránsito
¿Qué importa dónde se nace
ni dónde se muere,
si con la muerte regresamos
a la cuna y con el nacer
aseguramos nuestra muerte?
Mas hemos de guardar de lo pasajero el perfume,
ceñirnos la espinada túnica de la rosa
a los hombros, amando la ignorancia
de las cosas que pasan y quedan sin saberlo.
Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo
de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,
nunca hasta dónde va, porque lo mismo
sabe que yo, que tú, que nadie.
O si lo sabe es un loco como aquel
que creía que lo sabía.
O si canta viendo que los gusanos lo esperan
entre su cuerpo, dejadlo…
Dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.
(Desde mi ventana los veo, a los ebrios, a quienes
les crece la barba de pudor y descuido.
Los veo mientras ellos me ven girar como una luna).
O cuando voy por la avenida —yo también entre ellos y
la que fuera niña mía es mujer de quien yo ignoraba,
y la mujer de quien yo ignoraba es mía sin saber por qué…
O en la ventanilla de trenes
que gritan con su pluma de humo;
en los buses, en los ascensores
—savia ciega de la ciudad—,
entre los que leen los periódicos
orgullosos y cabizbajos
y entre poetas que esconden su oscuro telegrama…
¿Qué soy sino —por fin— el que viaja con otros
que no saben de dónde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a dónde van
si no a ocupar el sitio que su sombra señala?
Declaración de amor
Mírame: yo soy el que ves siempre a la orilla de tu lecho
y con quien habrás de rasgar el velo que cubre los sueños.
Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro.
Busco una soledad que prolongue la mía.
Cuando empezaste a soportar el tibio peso de los senos
—el pulso de tu corazón goteaba con mayor presteza
al oír mis pasos y ascendía casta leche a tus labios—;
cuando comprendiste que tu piel posee el don de renovar las lunas
y empezó a sangrar esa herida cuyo bálsamo eficaz poseo;
hoy que confundes la malicia con la sabiduría
y con sus nocturnos secretos te ofende el viento de los parques,
me llego a ti, ciega de no haber visto lo que empaña al mundo,
a modelar tu barro núbil y orearlo al sol de mis sudores.
Mi brazo atiza el fuego de las columnas de humo
que contienen el peligro del cielo sobre la ciudad.
Y mis manos no aman las joyas, ni una onza de oro,
pero el llanto endulzó su ajado pergamino
y su caricia es noble y alta.
Recibe todas las armas de mi agradecimiento
por ahorrarme hasta el día necesario tu cuerpo,
por la justeza de la orla de tu falda,
por la honradez de tus manos y la mina sellada de tus costados:
que las ferias están ebrias de lo que ocultas,
llenas hasta la hartura de belleza gratuita.
Busca en mí el principio de tus goces desconocidos
o la prolongación de los que han sido fuente de esperanza
y borremos de los calendarios los días de huelga
porque nuestra lámpara sin alternativas
desconocerá los cambios del tiempo tras la puerta.
Oh tú mí siempre-viva, mi siempre-amiga,
por quien la salud acepta duras vigilias
como el avaro que nunca regresa de su exilio.
¿No ves que si no fuera por ti
la mujer sería vendida y exportada en grandes barcos,
apenas marcada con una tiza roja
para que los braceros de los puertos
sepan que es frágil?
Aparta, aparta del quicio las grandes letras del periódico
que traen hasta nosotros fechas violentas;
ignora la abierta noche de la ciencia
que hace malditos a los hombres,
la razón del pasado y la gran voz profética:
que en tu casa tendrás mimo para tu más nimia palabra.
Porque ya es hora de alabar la ignorancia voluntaria
que cifra el universo en el tambor de hilo.
Dame tu historia en este mundo para nosotros preparado
en que de pronto nos hallamos con las manos asidas
como si el miedo de las gentes nos unciera uno al otro.
No temas seguir buscándome, ya que sabes
que cuando se me toca no es posible apresarme.
¡Ah, sí! Soy el que verás siempre a la orilla de tu lecho.
Háblame con tu voz que tiene un dejo de feliz tristeza,
paisaje con árboles sobre los cuales ha llovido.
Porque yo soy el más solo entre los solos
y desde hoy tendremos una misma estrella en el plato,
hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio bagazo
para el fuego del aderezo,
como la caña del maíz a finales del año
después de haber pagado el dolor de la herencia.
¡Oh flor de mi más alta confianza!
Única
Oh tú a quien siempre hablo cuando todo ha dejado de oírme,
cuando todos han dejado de oírme, oh tú que me oyes más que mi corazón.
No sé por qué te busco siempre, tal vez porque eres la unidad
de todas y sin embargo en ninguna te alcanzo.
Es el amor, sobre el que nadie o muy pocos pueden
poner su bandera definitiva,
es el amor, sobre el que nada tengo adquirido ni esperado,
el amor, que hace su propio mundo cada vez, sus fronteras
que el tiempo, sólo el tiempo derrumba.
¿Por qué destruye los cuerpos para luego
rehacerlos tan perfectos que puedan sufrir nuevamente
la muerte de que fueron salvados
y a la que siempre viven condenados?
¡Oh tú, oh tú! ¿Cómo llamarte?
¿Cómo llamarte? ¡Única!
Que después del último llanto me viste curado y me hieres,
que después de la última herida me sanas y me reconcilias…
¿dónde hallarte definitivamente quieta y mía, cuándo
contemplarte secos los ojos que no quieren cambiar sus aguas?
Lugar común
Ya que no todos podernos ser
poetas
comprender lo sublime
o exaltar lo sencillo
hablemos francamente
confesemos nuestro fracaso
de hombres sin alas
de hojas muertas en el estío
nuestros empeños ciegos
sin metáforas vanas
nuestra identificación con todos
o con casi todos
y si alguien nos entiende
y fecunda nuestra impotencia
eso también es poesía
o por lo menos una gota
en la sed del infierno
cotidiano.
Apagada memoria
Desando moroso los pasos
francos y furtivos
convoco sombras y reflejos
lugares que duele no identificar
y otros que nunca regresaron
ruinas con aquella música del pasado
que no sabíamos futuro
también pasado
invento pálidos recuerdos
a los que siempre asistes
con las manos vacías
me traes todo lo perdido
pero nunca lo recupero
estamos condenados
a morir sin vivir
s1empre
estérilmente.
En la mesa de los jubilados
—en el café siempre a sus horas—
¿de qué hablarán tanto
(cuando hablan... porque a veces
el recuerdo sustituye a la acción imposible
y a la cascada conversación),
de qué ríen, en qué porvenir meditan?
¿En la mesada que no llega o llega demasiado tarde?
¿En la muerte que les sonrió cuando eran soldados
y ahora les hace una mueca civil y sibilina?
En su mesa los pensionados
ahora sólo con un uniforme: el cabello blanco
o la calva brillante de opacos pensamientos,
la vejez y sus inevitables carencias,
la sordidez y la sordera,
la prótesis ya asimilada en el alma
y esa creciente e insaciable avaricia
que sustituye al apetito y a las ilusiones.
En la mesa de los jubilados
—unos dicen adiós y otros hasta luego—
siempre hay un sitio para alguien más,
corren sus sillas para abrir campo al que llega
con la misma estrecha asignación.
Allí está tu puesto —por supuesto—
cuando ya no tengas otro
y cuando en todas partes te digan no, gracias,
por haber cumplido demasiado.
La felicidad
Hay miríadas de seres en el Universo
que son felices —y no te conocen.
Millones de personas en la Tierra
son felices —e ignoran que existes.
Muchos también te han visto
y son felices sin amarte.
Y algunos que te amaron
disfrutan de un feliz olvido.
¿Por qué, pues, soy yo el único hombre
para quien tú eres toda la felicidad en el mundo?
Tiempo perdido
¿Cómo te quejas de que pase el tiempo
si vives sofocándolo, acosándolo,
apremiando sus plazos, estrechando
su camisa, podando su almanaque?
Niño quieres ser joven y maduro
ya no aceptas ser viejo. ¿Quién entiende?
Compras para pagar después y gimes
cuando te exigen saldo al vencimiento.
Haces ayer el diario de mañana,
no vives hoy amor sino recuerdo,
en enero trabajas por diciembre
y tienes mal del siglo… venidero.
Y cuando escribes luces un quevedo
en lugar de los lentes de contacto.
Miras más lejos de la tumba y sabes
que el alma es miope y suele tropezada.
Poética
¿Qué es poesía? preguntas.
Hago luz y —discreta
y sorprendida— huye
la poesía: ¡esa sombra!
Paisaje
El viento abre las puertas
y la luz las ventanas
y en el patio, la plaza
principal de la casa,
el breve del arriete
madura brevedades.
La esposa teje flores
contra la mala suerte
y su hilo infinito
me aleja de la muerte.
En mi pueblo de nubes
los cohetes retumban
entreipal de la casa,
el breve del arriete
madura brevedades.
La esposa teje flores
contra la mala suerte
y su hilo infinito
me aleja de la muerte.
En mi pueblo de nubes
los cohetes retumban
entre fríos algodones.
¡Es tan vecino el cielo!
El trueno es el recibo
lento al oído alerta
del incrédulo ciego.
Las ranas piden rey
y sol las aves
y los molinos hacen aspa-vientos.
La noble tierra te devuelve dulces
frutas por el estiércol
que le arrojas
y flores vivas en el pozo
de las aguas muertas.


0 Comments